Experimentos y ciencia ficción

En esta ocasión os traigo un interesante artículo de la gran Blanca Mart.



Todo cuanto existe es un cambio de concentración de los iones
de hidrógeno en las células superficiales del cerebro.
Al mirarme, en realidad experimenta usted un cambio de equilibrio sódico-potásico en las membranas de las neuronas. Así que basta mandar en las honduras cerebrales unas moléculas bien elegidas para que se colme un sueño”

Congreso de Futorología de Stanislaw Lem.

Un experimento es una operación destinada a descubrir, comprobar
o demostrar determinados fenómenos o principios científicos.

Todo empezó con un experimento. Fue imprescindible, naturalmente, el rayo para darle vida, pero los pasos necesarios se dieron en honor del avance científico. Y el doctor Frankenstein se puso a la tarea. “… las etapas que recorrí en mi investigación fueron determinadas sistemáticamente y siempre estuvieron situadas dentro de lo verosímil”. “…se lograba el dominio científico y mecánico”, “…me lancé a la creación de un ser humano.”…había instalado un laboratorio” “…un sabio dedicado a sus investigaciones favoritas…” (Frankenstein de Mary Shelley, Grupo Editorial Z, México, 1990)

Frankenstein 1931

Todo el mundo sabe el resultado de la ardua investigación y experimentación que lleva a cabo el protagonista de la novela de Mary Shelley: la creación de un ser humano.

Parece ser que Mary se interesaba por los experimentos iniciados por el médico Luigi Galvani (1737-1798). Él había sido el descubridor de la contracción del músculo gastrocnemio de la rana. Aunque había empleado la electricidad, atribuyó el movimiento reflejo a electricidad animal. Pero todo ello era ciencia, camino, experimentación, y Mary, seducida por las propuestas alentadoras del siglo XVIII (Lavoisier, Gray, Watt…) se lanzó en su siglo XIX, donde el romanticismo y la experimentación convivían, a una propuesta literaria basada en un presupuesto científico. ¿Se puede crear un ser humano en un laboratorio? Y, – cual médico renacentista- , su doctor Víctor Frankenstein -, investigó los cadáveres, la transformación de la materia, la química que escondía el alma, se encerró en un laboratorio y creó.

El resultado es otra historia que –aparte de la propuesta científico futurista- también se imbricó en las ciencias sociales; propuesta que podría diseñar ejes como: la creación, relación entre creador y criatura, el rechazo social, el diferente, la violencia.

En ese mismo siglo XIX, Antón Friedrich Franz Mesmer, trabaja con la electricidad y el magnetismo y se llamó mesmerismo a una forma de pensamiento basada en el magnetismo animal. Él creía en un fluido electromagnético que comunicaba el universo con el hombre (planetas, animales, seres humanos) pero aunque sus investigaciones dieron pie a los estudios sobre hipnosis y enfermedades mentales, algunos científicos renombrados, le censuraron y consiguieron quitarle patente de científico.

En la ficción, en la película Blade Runner (1982) basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? del escritor Philip K. Dick, una corriente mental predicada por un tal Mercer resurge en una megalópolis decadente, sucia, abandonada bajo la lluvia, bajo la pirámide – una gran corporación-, en la que se crean seres “más humanos que los humanos”. Replicantes. Réplicas en busca de su creador, su identidad, su duración y el sentido de su existencia, poderosos y temibles “Frankensteins” de gran belleza. En cuanto al personaje de Mercer de dicha novela, trabaja con los animales y a los dieciséis años es perseguido por tener el don de traer de vuelta a los animales muertos. Mercer trabaja escondido en el bosque hasta que es denunciado y le bombardean con cobalto radiactivo “aquel nódulo único que se había formado en su cerebro”.

Blade Runner 1982

La ciencia siguió experimentando ganando terreno a la imaginación, a las diferentes ideologías, al conservadurismo y al atraso; la ficción siguió jugando con la posibilidad científica abocada al futuro. ¿Qué hubiera pensado la escritora Mary Shelley, de los experimentos realizados por el investigador contemporáneo Iam Wilmut? ¿Del impactante resultado al crear en 1997 una oveja clónica? Todo ese vocabulario en la línea de la ficción: células diferenciadas, núcleo, óvulo, información genética, descarga eléctrica, ADN, fusión, clon… ¿Qué hubiera pensado Mesmer, el científico? Porque la realidad llegaba y no sólo con la clonación, sino con avances que reafirmaban la fantasía y empezaban a empujarla.

Mary Shelley

En la revista Cambio 16, del 4 de marzo de 1996 varios artículos explicaban algunos de los avances científicos. Uno de ellos habla sobre la piel humana de recambio: ”La lámina epitelial reforzada por una membrana permeable de ácido benzílico, se aplica sobre la superficie dañada y actúa como un factor de crecimiento que estimula la regeneración de la piel” “… investigadores de Africa del Sur y Estados Unidos han descubierto una sustancia que convierte el músculo en hueso”….”Se trata de un grupo de proteínas denominadas proteínas morfogénicas del hueso”. En este mismo espacio uno de los artículos se titula Cables y nervios y dice así: “La implantación duró ocho horas. Consistió en la implantación de un receptor en la cavidad pectoral. Desde allí se instaló una docena de cables unidas a la base de su espina…. el cirujano ligó los doce cables a los doce nervios…. un transmisor bajo el brazo de la paciente, envía al receptor señales radiofónicas programadas…” Con este experimento – que tuvo que probarse setecientas veinte veces-, se conseguía que la persona afectada por un accidente que le había provocado la ruptura de la espina dorsal, pudiera ponerse en pié. “La caja de control donde se colocan las pilas contiene un chip programado para estimular los nervios”. Lo que se manejaba en esta operación eran cables, chips, pilas, cajas de control y aparte del cirujano, se requería la presencia de un bioingeniero.

Ahora bien ¿qué es un ciborg? Según una definición dentro de la literatura de ciencia ficción un ciborg es un ser humano al que se le han añadido implantes; también se consideran cibogrs seres construidos con partes protoplasmáticas y partes mecánicas.

La medicina actual lucha por la salud, el alargamiento de la vida y una sanidad compleja en la que los seres humanos sobreviven también gracias a implantes, impensables en el tiempo en que Mary Shelley proponía y creaba a Frankenstein.

En la literatura de ciencia ficción, es en los 80 cuando un tipo de pensamiento, de actuación, de sentimiento nihilista, de vacío, de nausea, sitúa en simbiosis al hombre y a la máquina. Ésta forma parte de su construcción, de su supervivencia, ya no son sólo los riñones artificiales o los marcapasos, la ficción anuncia los ojos que llegarán, las manos de titanio, los circuitos de memoria implantada, los nódulos con poderes especiales, y el poder en la remodificación del ser humano. Así como en Frankenstein y en Blade Runner la creación es un hombre total, -monstruoso y rechazado en el primer caso, y perfecto y también rechazado en el segundo-, el enfoque del ciberpunk, enlaza una unión que perfecciona al ser humano y le libra de parte de su fragilidad física y mental.

En los 70, el autor C. Smith, escribe una obra titulada Los señores de la instrumentalidad I y II, en un tono legendario y usando registros alternativos entre una literatura apasionada y seductora y una ingenuidad de verbo rayana en el desenfado, el autor nos presenta un universo regido por unos señores con unas técnicas tan avanzadas en la manipulación genética, en la instrumentación, en la tecnología y en la ciencia, que permiten controlar innumerables facetas del desarrollo y el comportamiento humano. Uno de los capítulos -narraciones independientes entre sí-, de Los señores de la instrumentalidad II, es el titulado Un planeta llamado Shayol . En él, el autor, que maneja un punto de sadismo en sus argumentos, narra la historia de un hombre condenado a residir en el planeta Shayol, el lugar de los dromozos. Tras una experiencia espantosa junto con otros condenados, es rescatado por los nuevos gobiernos humanitarios que prohibirán los salvajes experimentos llevados a cabo en esa zona. Pues lo que se hace con los condenados es dejarles en ese terrible lugar donde los dromozos, extraños seres, les preparan para que crezcan en sus cuerpos orejas, píes, en fin, partes de cuerpos humanos que serán aprovechadas por sus castigadores. El cuento, que es muy bueno, es en realidad horrendo en el sadismo de su propuesta científica y sólo alivia el final medio feliz, pues siempre queda algún asunto sin resolver en los planteamientos dolorosos de C. Smith.

Parece que la ciencia ficción se pasaba aquí de tremendista, pero no es así, pues el avance científico bien utilizado puede ser siempre en beneficio del ser humano. Así en el periódico El País del sábado 28 de agosto del 2004, apareció una interesante noticia, aunque impactante para el neófito. Los científicos crearon un molde (de teflón en forma de hueso, recubierto de titanio, introdujeron bloques de mineral de hueso, células madre, obtenidas de médula ósea y proteínas); con ello iban a sustituir parte de la mandíbula que un hombre enfermo había perdido. Lo impresionante era que –al modo setentero de C. Smith-, el molde se injertaba en la axila del paciente, donde creció un nuevo hueso y lo pudieron implantar en la boca del hombre. Lo mismo pero al revés. En la obra de ficción del cuento citado, el progreso científico se usa para la destrucción del ser humano; en la realidad –también según el ejemplo citado en el periódico-, se utiliza hacia el progreso y la salud.

En la space opera La era de los clones (editorial Llaca, 1998), publicada bajo el nombre de A la sombra de Mercurio en 2014, por Erídano se me hizo necesario citar experimentos como hibernación, trasvase telepático, clonación humana, esquizofrenia clónica, viaje axio gemelar de hélice doble, pues siempre en las obras de ciencia ficción el experimento acecha a la palabra.

En su cuento Cibergolem, la escritora Martha Camacho dice: La parte trasera de la silla turca cedió al láser y nos vimos cara a cara con el tallo cerebral, operación imposible hace ciento ochenta años” . Y en el cuento Nexo Joe de Elena Pujol: “Le inyecté al simio lo que le faltaba. Ese soplo. Aquello que le hacía falta para evolucionar” . Los ejemplos serían innumerables y en este contexto sólo tienen caso como exposición de la relación entre literatura fantástica y la ciencia. Siempre una rondando a la otra pues ¿cómo se puede avanzar sin procedimiento y sin imaginación?

Ahora bien, fuera de las ciencias llamadas duras, ya en el área de las ciencias sociales, también la ciencia ficción ha presentado otras propuestas ligadas a la experimentación. Así ocurre en obras como El señor de las moscas (1954) de William Golding, donde un grupo de niños tienen que sobrevivir en una isla, tras un accidente del avión que les transportaba. El retorno de los educados alumnos de un colegio inglés al estado salvaje, creó una propuesta lo suficientemente importante como para meditar sobre los sistemas educativos. Otro ejemplo es La naranja mecánica (1962), de Anthony, Burgess, donde se plantea regenerar a un sociópata utilizando los experimentos conductistas. Dada su agresividad se trata de condicionar sus reflejos creándole una situación límite de sensibilización y rechazo, bajo el bombardeo intensivo de escenas violentas. Los resultados no son alentadores, pero la interesante novela vuelve a plantear la polémica sobre la desorientación y el sufrimiento y sobre la necesidad de políticas adecuadas de educación.

La gama de posibles propuestas de la ciencia ficción parece no tener fin, pues cada novelista crea un mundo futuro, un experimento, un avance, una posibilidad. La ciencia en el camino del experimento y del aprendizaje. La ciencia desde Frankenstein, pasando por los Replicantes, los Ciberpunk, los clones que llegan, y la perplejidad del ser humano ante su propio potencial. o

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